LA FALSIFICACIÓN DE LA REALIDAD
(ARTURO USLAR PIETRI)
No me ha sido fácil decidirme a iniciar estos artículos que hoy comienzan. Mucho y muy
gravemente he vacilado en hacerlo. Un humano impulso vital, el mismo que nos lleva a
huir del humo hacia el aire libre, me empujaba a permanecer lejos y en silencio. El
tormento de ser venezolano, ese tormento al que no ha podido escapar ningún hombre
de pensamiento de nuestra tierra, encontraba para mí una tregua en el sereno ambiente
de la Universidad de Columbia, en este verdadero paraíso para el estudioso y el
intelectual que Dios me ha deparado en mi destierro, rodeado de ejemplo vivo de una
democracia pacífica, laboriosa y serenamente libre.
Pero no hay muro bastante para poner al hombre al amparo de su conciencia
y de su corazón. No ha habido un minuto en que Venezuela, su angustia, su presencia,
no hayan estado junto a mí. Ha sido una obsesión de todas las horas.
Y no es simplemente mal de ausencia e inquietud del desterrado. Es que cada día voy
viendo más claro que mi país va por un camino errado. Lo que me llega es el eco del
jadeo de mi pueblo trabado en una lucha estéril y agotadora consigo mismo. Casi de
espaldas a su propio destino en la hora en que la sentencia de vida o muerte se está
pronunciando sobre él.
Y eso es lo que ya no me permite permanecer callado. Óigaseme o no se
me oiga, me siento obligado a decir lo que creo la verdad. A escribir con
gruesa letra y riza blanca en este las cosas que no debo callar. Las
que deben estar de cualquier modo a la vista de todos.
Tengo una ventaja cierta en esta empresa, y es que no estoy haciendo política. Eso que
en los mentideros de Venezuela se llama política y que es una cosa que da asco. No
tengo que hacer valer engaños ni a favor mío, ni en contra de
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nadie, las posibilidades de mi actuación política directa son más que remotos,
porque ni yo puedo plegarme a la situación presente venezolana, ni estoy dispuesto a ser
el Rómulo Betancourt de ningún posible cuartelazo.
Tampoco me mueve el rencor por justificado que pudiera ser en mi
caso. La infamia de lo que conmigo se ha hecho la he puesto de lado, casi he
logrado excluirla de mi vida. Después de todo, el crimen de los llamados
juicios de peculado no debe pesar sino sobre la conciencia de Gallegos y de sus
compañeros de Gobierno, que lo heredaron y lo mantienen. A mí en lo moral no me
perturba. Tampoco he tenido nunca simpatía por la profesión de víctima a que tan dados
han sido siempre muchos compatriotas.
Cuando me decidí a hablar, a escribir los simples letreros de este Pizarrón, se use
presentó el problema de encontrar ci sirio dónde colocarlo. Le escribí a un fraternal
amigo rogándole que tratase con los principales diarios de Caracas ofreciéndoles esta
colaboración. Le decía que en esta época de desenfrenada inflación era por lo menos
justo que aspirase a que se me pagara un precio decente. Fue difícil tarea. El único
diario que aceptó y ofreció una remuneración aceptable fue El Nacional. Sin poner
condición ni limitación alguna sobre mi criterio. Y aquí estoy, Y aquí empiezo. Pero valía
la pena señalar este pequeño incidente anecdótico, porque por lo menos revela que en
esta hora en que todo alcanza tan elevados precios, lo único que no sigue valiendo
mucho en Venezuela es el trabajo intelectual.
Quien contempla a Venezuela desde lejos como lo hago yo ahora, lo primero que
advierte es que es un pueblo que está viviendo en una etapa de anormalidad, Una etapa
de anormalidad que se prolonga y que no lleva camino de resolverse y de concluir. Todo
parece salido de madre, confuso, alterado. La impresión dominante es de desconcierto.
De una agitación inorgánica. Parece haberse perdido el ritmo de la vida nacional. Y, lo
que es más grave, parecen haberse perdido los fines.
Un extranjero inteligente, que estuvo en las exorbitantes fiestas de la toma de posesión
del presidente Gallegos, me sinterizaba sus impresiones diciéndome: “Se siente un
ambiente de fiebre colectiva, de embriaguez, de desorden. Todo parece fuera de sitio.
Nada parece tener importancia. Nadie parece reflexionar seriamente.”
Y eso es precisamente aquello que en trágico momento llamó Miranda con el
venezolanismo insustituible: “Bochinche”.
Mucha gente sencilla, o reaccionaria, piensa que el Gobierno no gobierna o que los
gobernados no atacan. Que todo parece ir a la buena de Dios, sin rumbo ni concierto. Y
en esto tiene razón en parte. La verdad no es que no haya Gobierno. Podría haberlo, y
mucho, y en el sentido reaccionario de autoridad policial, y la situación no cambiaría,
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por lo menos en la causa fundamental del malestar. Lo que no hay es dirección. Lo que
la gente advierte que falta es un rumbo. Es que sienten vagamente como si el país
estuviera dando vueltas en un círculo vicioso del que no pudiera desprenderse. Yo diría
mejor en un lago vicioso. En un lago de petróleo.
Y esa falta de dirección evidente arranca de otra más grave: de lo que pudiéramos
llamar la falsificación de la realidad nacional. El ocultamiento sistemático de las
verdades fundamentales que rigen la vida del país y su sustitución por mentiras
convencionales.
Por eso ya casi se ha creado un lenguaje, tanto en el Gobierno como en gran parte de la
oposición, que no corresponde a la realidad. Que en verdad corresponde más bien a una
sobre-realidad, a un delirio imaginativo. A esa ebriedad de que hablan tantos que han
visto la vida del país en los últimos años.
Y por eso, eso que llaman justicia, ya no es la justicia; eso que llaman libertad, ya no es
la libertad; como eso que llaman el Presupuesto, ya no es el Presupuesto; ni tampoco la
riqueza, es la riqueza verdadera; ni la democracia, la democracia. Es una subversión de
los valores. El olvido de los verdaderos fines y su sustitución por otros falsos o negativos.
Ese falseamiento general se refleja en mil síntomas. Eso que pasa actualmente en la
universidad no es otra cosa. Es el resultado de la mentira. De la suplantación de los
verdaderos fines por otros espurios y mezquinos. Es que deliberadamente, el fin
primordial de la universidad, que es ser una casa de estudios, ha pasado a ser el menos
importante. Pero sin embargo se sigue hablando de la universidad, y de la docencia, y de
los estudiantes como de cosas que existieran.
Eso es también lo que pasa con la Asociación Venezolana de Periodistas. Simplemente
que hace mucho tiempo que ha dejado de ser una asociación de periodistas para
convertirse en otra cosa.
Y eso es lo que, en escala más alta, pasa con la más importante de las
cuestiones nacionales que es el petróleo. Se escamotea el verdadero problema bajo la
hojarasca de lo aparencial y lo falso.
Como eso también es lo que pasa con la más aparatosa y elaborada de las cuestiones
nacionales. La democracia y su sistema de sufragio. Todos parecen aceptar que eso que
tenemos es la democracia, y que un país desde su Parlamento hasta las juntas de sus
villorrios no tengan otra manifestación de la preocupación por su destino que repetir las
fórmulas que les impone un partido político. Y eso no es verdad. Hay allí una falsedad
fundamental. Y la salud del país necesita que eso se diga.
Y estas cosas no son meras aprensiones. Son las manifestaciones de perturbaciones muy
graves de la existencia venezolana. El país está viviendo horas de mortal peligro. Si no
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se hace un grande y sincero esfuerzo por restablecer el verdadero rumbo, por hallar el
camino, por ganar el tiempo, por organizarse efectivamente para el porvenir,
resbalaremos ciegos, unos engolosinados en su festín y otros amurallados en sus
rencores, a la ruina y a la desintegración.
Son las verdades simples y elementales de su condición la que el país
necesita recuperar. Es la noción del momento y del camino la que parece
haber perdido. Hay que poner ante sus ojos esas verdades. Repetirlas.
Esa podría ser la mejor cruzada nacional. La cruzada contra la mentira.
El planteamiento sereno de las cuestiones nacionales como reacción contra La actitud de
clamor sentimental y emocional que caracteriza esta hora.
Yo no pretendo que pueda hacerlo solo. Pero si muchos lo hiciéramos,
de todos los bandos, tal vez se haría el milagro de que empezáramos a ver claro y
pudiéramos ponernos a trabajar por nuestra propia salvación.
10 de junio de 1948
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